El día que decidí cambiar mi vida

La transformación comienza cuando dejamos de posponer la vida que realmente queremos vivir.

Hay momentos que cambian una vida

Tenía 47 años cuando comprendí que no podía seguir viviendo de aquella manera. La báscula marcaba 130 kilos, aunque el verdadero problema no era el número que aparecía en la pantalla cada vez que me pesaba. El peso era solamente la consecuencia visible de una forma de vida que, poco a poco y casi sin darme cuenta, me había llevado a descuidar mi salud, mi energía y también mi estado de ánimo.

Mis analíticas reflejaban una situación altamente preocupante. El colesterol, los triglicéridos y el ácido úrico estaban muy por encima de los valores recomendables. Cada revisión médica confirmaba que mi organismo llevaba tiempo enviándome señales de alarma. Sin embargo, lo que más me preocupaba no aparecía en los análisis. Lo peor era la sensación permanente de cansancio con la que convivía día tras día.

Cada mañana acudía a mi trabajo dispuesto a cumplir con mis responsabilidades. Una vez finalizada mi jornada, apenas me quedaban fuerzas para nada más. Las tardes, que antes solían constituir un tiempo para disfrutar de la familia, salir a caminar o simplemente descansar con tranquilidad, se habían convertido en horas dedicadas únicamente a recuperarme para afrontar el día siguiente. Había dejado de vivir plenamente y me limitaba a sobrevivir.

Cuando normalizamos lo que no debería ser normal

Con el paso del tiempo empecé a aceptar como normales situaciones que, vistas hoy con perspectiva, eran una clara señal de que algo no iba bien. Siempre buscaba un ascensor dado que subir escaleras me dejaba sin aliento. Caminar deprisa suponía un esfuerzo considerable y cualquier actividad física me agotaba antes de lo que consideraba razonable.

Por otra parte, comprar ropa había dejado de ser una experiencia agradable. Utilizaba tallas muy grandes y cada visita a una tienda terminaba casi siempre con la misma frustración: encontraba prendas que me gustaban, pero no existían en mi talla. Poco a poco dejé de elegir cómo quería vestir y empecé a conformarme con aquello que simplemente podía ponerme. Puede parecer un detalle menor, pero afectaba profundamente a mi autoestima. Sentía que había perdido una parte de mí mismo.

Una etapa especialmente difícil

A esa situación física, se sumó una etapa personal especialmente complicada. Meses antes me había presentado a unas oposiciones para las que había estudiado con enorme dedicación. Después de tanto esfuerzo, me quedé fuera por unas pocas décimas. Aquella decepción me dejó profundamente frustrado y cuestionando si todo el sacrificio había merecido la pena y, aunque luego no lo cumplí, me prometí a mi mismo no volver a presentarme nunca más.

Mientras todavía intentaba superar ese golpe, falleció mi padre. Su pérdida supuso uno de los momentos más dolorosos de mi vida. Durante un tiempo seguí adelante por inercia. Trabajaba, cumplía con mis obligaciones y procuraba mantener la normalidad, pero por dentro estaba completamente desanimado. Hoy entiendo que no solo atravesaba una crisis de salud; también estaba viviendo una crisis emocional y personal.

La gran mentira que me repetía

Como tantas otras personas, no sé si será también tu caso, llevaba años aplazando la decisión de cuidarme. Siempre encontraba un motivo, o más bien una excusa, para dejarlo para más adelante: empezaría el mes siguiente, después de las vacaciones, cuando tuviera menos trabajo o el 1 de enero. Vivía convencido de que algún día aparecería el momento perfecto para cambiar, ¡craso error!

Con el tiempo comprendí que ese momento nunca llega. Mientras esperaba las circunstancias ideales, mi salud seguía deteriorándose y mi vida continuaba exactamente igual. No era el calendario lo que necesitaba cambiar; era mi decisión. No debería aplazarla más, pero… seguía sin hacer nada más que lamentarme.

Como tantas otras personas, no sé si será también tu caso, llevaba años aplazando la decisión de cuidarme. Siempre encontraba un motivo, o más bien una excusa, para dejarlo para más adelante: empezaría el mes siguiente, después de las vacaciones, cuando tuviera menos trabajo o el 1 de enero. Vivía convencido de que algún día aparecería el momento perfecto para cambiar, ¡craso error!

Con el tiempo comprendí que ese momento nunca llega. Mientras esperaba las circunstancias ideales, mi salud seguía deteriorándose y mi vida continuaba exactamente igual. No era el calendario lo que necesitaba cambiar; era mi decisión. No debería aplazarla más, pero… seguía sin hacer nada más que lamentarme.



    La conversación que marcó un antes y un después

    El punto de inflexión llegó tras una consulta con mi médica de cabecera. Después de revisar mis analíticas, levantó la vista y me dijo con absoluta serenidad: — “O te tomas tu salud en serio o vas a tener un serio disgusto muy pronto”.

    Aquellas palabras no fueron dramáticas ni exageradas. Fueron honestas. Y precisamente por eso tuvieron tanto impacto en mí. Salí de aquella consulta con la certeza de que seguir haciendo lo mismo ya no era una opción.

    Descubrir una nueva manera de vivir

    Días después, justo en el momento en que más lo necesitaba,  conocí a Roberto, la persona que se convertiría en mi coach de bienestar. En nuestra primera reunión, no me habló de soluciones milagrosas ni dietas imposibles. Me mostró algo mucho más valioso: la importancia de construir hábitos saludables que pudieran mantenerse en el tiempo. Me transmitió una enorme confianza al asegurar que yo bajaría hasta los 90 kilos, algo que yo veía más que lejano.

    Comencé mi proceso de transformación aprendiendo aspectos muy sencillos: mejorar mi alimentación, beber suficiente agua y reducir aquellos alimentos que estaban perjudicando mi salud. No intenté cambiar toda mi vida de golpe. Empecé por pequeñas decisiones que podía repetir cada día. Aquella sencillez y la paciencia de mi coach fueron, sin ninguna duda, dos de las claves del éxito.

    Cuando los pequeños cambios empiezan a notarse

    Sinceramente, los primeros días no fueron fáciles. En más de una ocasión pensé que quizá ya era demasiado tarde para cambiar y mis miedos estuvieron a punto de apoderarse de mi fuerza de voluntad. Había pasado muchos años descuidando mi salud y no estaba seguro de ser capaz de recuperar el control de mi vida.

    Sin embargo, animado por mi coach, quien confió más en mí que yo mismo, decidí seguir adelante. Poco a poco la báscula comenzó a reflejar los primeros resultados. Al principio fueron unos pocos kilos. Después llegaron más. Pero lo verdaderamente importante no era el peso que perdía, sino la confianza que iba recuperando.

    Recuerdo con especial emoción el día que entré en una tienda de ropa y pude comprar una talla menor. ¿Te ha pasado alguna vez a ti? Para muchas personas aquello puede parecer una anécdota sin importancia. Para mí fue mucho más que eso. Sentí que recuperaba la libertad de elegir cómo quería vestir y, con ella, una parte de la confianza que había perdido durante tantos años.

    Si tú etsás en una situación parecida a la que estaba yo, te invito a que te preguntes: ¿puedo seguir continuado así? ¿Por cuanto tiempo? ¿Qué sucederá sin realizo un cambio de hábitos?

    Y si tu respuesta es sí, «necesito cambiar», puedes contactar conmigo por Instagram: @fran.nutricambio24. Estaré encantado de escucharte.

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